JOSE HERNANDEZ, HISTORIA Y POESIA. (Primera parte)
Alguna vez dijo Miguel Navarro Viola, amigo y correligionario de José Hernández, que Martín Fierro era “una lección de lo que debe ser la poesía, es decir: una moral y un arte”. Sin embargo, durante muchos años – más de un cuarto de siglo, en rigor-, la obra magna de Hernández fue desestimada desde ambos puntos de vista. Exceptuando la crítica del boliviano Pablo Subieta, publicada en el diario “Las Provincias”, de Evaristo Carriego, en 1881, la intelectualidad europeizada de la época le hizo el vacío y cuando se vio obligado a abordarla puso el acento en “las formas incorrectas” (Cané) o en los “barbarismos que no eran indispensables para poner el libro al alcance de todo el mundo” (Mitre). Pero, más allá de las excepciones, el arma preferida de los críticos fue el silencio. El nombre de Hernández –dice Antonio Pagés Larraya- “no aparece en las muchas revistas literarias que se publicaron después de 1870. Martín García Merou, espíritu acuciado por el interés de los libros y los autores, no lo menciona en sus Recuerdos literarios (1891), tan acogedor para nombres ínfimos y hoy olvidados con toda justicia. Juan María Gutiérrez, el maestro de los críticos argentinos, ni siquiera lo comentó”.
Sólo los gauchos –verdaderos destinatarios del poema- comprendieron y apreciaron tanto la moral como el arte del mensaje hernandiano. Sabido es que entre 1872 y 1878 se tiraron once ediciones de El gaucho Martín Fierro con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares vendidos, cifra de por sí sorprendente, pero que debe multiplicarse varias veces si recordamos que por cada lector solía haber, en fogones y pulperías, un numeroso coro de oyentes siguiendo las peripecias del héroe de la pampa. Recién después de 1916 –fecha sintomática-, en que Leopoldo Lugones en El Payador y Ricardo Rojas en su Historia de la literatura argentina revisan ese insostenible ninguneo de la intelligentzia del siglo XIX, comenzará a reivindicarse a Hernández –bien que con reservas, como se verá- elevándolo al podio más alto dentro de los cultores de nuestra poesía gauchesca.
Juan Carlos Jara.
